Una de las características del mundo actual es la persistencia y la proliferación de la violencia y los conflictos, incluyendo en ellos todas las formas de discriminación: racial, sexual, de idioma, religión, opinión, de carácter étnico o social, por la propiedad, las discapacidades, el nacimiento, así como la intolerancia, etcétera.
Estadísticas mundiales demuestran que actualmente alrededor de 600 millones de niños y adolescentes viven en la pobreza; en las últimas décadas, dos millones fueron asesinados y aproximadamente 6 millones más sufrieron lesiones o quedaron discapacitados. A lo largo de la historia, los niños y los adolescentes se han constituido como el principal blanco de los conflictos armados y de la violencia, convirtiéndose en uno de los grupos vulnerables con mayor índice de violaciones a sus derechos fundamentales. Ante esta realidad, organismos internacionales como las Naciones Unidas, la UNICEF, etcétera, y nacionales, como la Comisión Nacional de Derechos Humanos, hacen hincapié en la necesidad de promover el desarrollo de una cultura de paz y no violencia, considerando a la educación como uno de los medios fundamentales para edificar una cultura de paz**.
De aquí la necesidad de considerar este aspecto en los programas de estudio y diversas actividades de la Educación Media Superior.
La cultura de paz supone una paz estructural y una cultural, donde se reduzcan todas las formas de violencia; la paz significa derechos humanos, democracia, desarme y desarrollo. De aquí que la construcción de la paz comienza en los seres humanos: con la idea de un mundo nuevo. Cabe mencionar que lo opuesto no es la guerra, sino la violencia.
Una cultura de paz es un conjunto de valores, actitudes, tradiciones, comportamientos y estilos de vida basados en (Naciones Unidas. 1999).